lunes, 24 de febrero de 2014

un nuevo Santo...

Mi admirado amigo Antonio Aradillas...

hace crecer en mí la reflexión del porqué se santifica en la Iglesia Católica...

son correctas las beatificaciones y santificaciones en curso?..

me envía el siguiente escrito....


In Itínere
SAN DON QUIJOTE “¡ORA PRO NOBIS¡”



 En vísperas ya de las celebraciones del quinto centenario de la publicación de la “Segunda parte  del Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha, por Don Miguel de Cervantes Saavedra,  año 1615, en Madrid, en la imprenta de Juan de la Cuesta”, huelga destacar  que el recuerdo del acontecimiento  será legítimamente rentabilizado, por razones culturales y turísticas. No obstante, y prioritariamente, creo que a la Iglesia española  habría de corresponderle parte importante del protagonismo en la inspiración y organización del evento.


El personaje de novela  tan universal fue  todo un santo. Su intención se ciñó en gran parte a descabalgar a muchos de la lectura  de los  Libros de Caballería  de la época, que instigaban  a vivir  en un mundo de irrealidades, sin poner los pies  en el suelo, con pesadillas y ensoñaciones, “justificados” tan solo gracias al compromiso y ejecución de cuantos esfuerzos y obras exigieran “llevar a cabo aventuras en pro de los menesterosos”.

    Las razones  y “milagros” que en su día testificaran el enaltecimiento modélico   del venerable Don Quijote  son muchas más. Fácilmente comprensibles, propias y específicas  de las páginas de cualquier santoral, o “Año Cristiano”, y al alcance de todas las culturas. Las finalidades de la “Caballería real e histórica” en la que sirvió, y  a la que se consagró, se compendian en “la defensa y protección de la Iglesia, de las viudas, de los huérfanos y de todos los servidores de Dios” y en la “búsqueda  de la caridad, la lealtad, la justicia y la verdad”

 Don Quijote  es  dechado de  virtudes.  Hombre de palabra. De “palabra  de honor”. Honesto y cabal. Todo un caballero. Noble, hidalgo y “hombre  de bien”. “Buena persona”. Hombre de paisajes y de naturaleza. De ríos y de montes .De contemplación. Hombre de pueblo, y en disposición testificante  de “desfacedor”  de cuantos entuertos  le salieran al paso, aunque para ello tan solo contara  con su buena intención e idealismos. De profundas convicciones religiosas. Amante de  las leyes  e instituciones, con  devota mención para la eclesiástica, “ a la que respeto y adoro como católico y fiel cristiano que soy”.

 Don Quijote no se ahorró ejercer la crítica social. Defendió virtudes patrias.  Fue amante de la libertad. Prudente y respetuoso con la familia, su vivencia religiosa  está fuera de dudas,  e inspira capítulos y episodios  de gran interés  y relevancia  en su vida  y en la de quienes  se relacionaron con él, con cariñosa y benevolente mención para su escudero “hermano” Sancho, y para la “suspirada y cuitada” Dulcinea del Toboso. Su cosmovisión fue  seriamente cristiana. Aún más, religiosa. Por ejemplo, para él  ninguna venganza es justa, tal  y como decididamente proclama  en el capítulo 27  de su parte segunda, avalando su raciocinio con palabras  literales  del santo Evangelio.

 Don Quijote – filo erasmista-, siente y manifiesta  una profunda aversión  por los exteriorismos de la religión, sin   dejar de lamentar  la influencia del clero  en el poder. Su programa de vida  la redacta él mismo como  “una lucha hasta dar muerte  a la soberbia, la envidia, la ira, la gula, la lujuria y lascivia y la pereza”. Destaca el hecho de la predilección  y devoción especial  que manifiesta tener al santo laico que podría encarnarse  en el “Caballero del Verde Gabán”, y que seguramente no resultaría del agrado  de una sociedad tan clericalizada  como la  suya.  Y es que “la libertad, aún ligada a la pobreza, es mejor  que la riqueza unida  a la  corrupción y al poder “.

        En la síntesis  de episodios de  vida canonizable  que sugiero,  reclama definitiva atención  su reconocida propensión hacia la Sagrada Escritura –“palabra de Dios”- que cita con  asiduidad, oportunidad y respeto. Las frases bíblicas tachonan la mayoría de los capítulos  de su vida. Para valorar  este dato  es preciso recordar  que las   dificultades para poseer, leer e interpretar  directa y personalmente  la Biblia  por parte de los laicos, eran muchas y hasta perseguibles de oficio. Cervantes - Don Quijote-  la conocía y aplicaba sus textos a  la perfección,  y sin excesivos temores al “Santo Tribunal de   la Inquisición”  mostrándose especialmente devoto  de los Libros Sapienciales.

En conformidad con la sentencia bíblica  de que “tal y como fue la vida, será la muerte”,  la de Don Quijote es todo un  ejemplo de muerte cristiana. Al capítulo de su redacción pertenecen estos textos: ”¡ Bendito sea el poderoso Dios  que tanto bien me ha hecho¡ En fin, sus misericordias  no tienen límite, ni las abrevian, ni impiden  los pecados de los hombres ….La misericordia es la que ha usado Dios conmigo…Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras   caliginosas de la ignorancia  que sobre él me pusieron mi amarga y continuada leyenda  de los detestables libros de Caballería Llámame a mis buenos amigos el cura, al bachiller Sansón Carrasco y al  maese Nicolás el barbero, que  quiero confesarme y hacer mi testamento…Dadme albricias, buenos señores, de que yo ya no soy  don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano  a quien mis  costumbres  me dieron renombre de  Bueno..”

 Don Quijote merece ser reconocido, al menos, como aspirante  a enriquecer las páginas del Santoral, además, porque enseñó a hacer uso  del sagrado lenguaje  del castellano, con precisión, sonoridad y belleza, a una  buena parte  del mundo cristiano, que en el  mismo se dirige a Dios,  a los ángeles, a los santos y al resto del Pueblo de Dios. En  su castellano  se han redactado libros   de salvación y cultura, cartas de saludo y de despedida, fórmulas sacramentales,  testamentos, acciones de gracias, petición de perdón, poesías y novelas,  vidas de santos, eucaristías, felicitaciones…En el castellano de “San Don Quijote  de la Mancha”  se construyó la convivencia  entre personas  y pueblos,  y en su camino se emplearon palabras  escritas y orales  como las más elocuentes fórmulas  de entendimiento y de  amor, entre otras, “Primeramente has de temer a Dios, porque en el temerle  está la sabiduría, y siendo sabio, en nada podrás errar”.

En tan fervoroso contexto serán generosamente factibles la ayuda y el empeño del Papa Francisco, castellano-parlante por más señas, devoto lector de tan prodigioso y actualizado manual de catecismo quijotil, de vivencias religiosas intensas, entrañado en el pueblo- pueblo, culto, cortés, alegre y simpático y con acentuada proyección hacia tantas personas que mayoritariamente  rezan hoy en el idioma cervantino.



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